Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de febrero de 2017

JABALINDA



Cuando ya habían perdido toda esperanza, la mujer quedó embarazada.
Fueron nueve meses de sufrimiento, lo que llevaba en su vientre se movía sin parar, a veces parecía que le mordía las entrañas.
Vivían en una casucha, lejos del pueblo y fue su marido quien la asistió en el parto. Nació una niña tan grande y fuerte que la madre no se repuso nunca del todo. Tenía una cara extraña, la boca y la nariz parecían una y sobresalían del rostro, acompañando a unos grandes ojos azabaches. A los pocos días le comenzaron a salir los dientes y dos colmillos curvados, como de jabalí.
La llamaron Casilda y a pesar de su rareza, la quisieron. No comunicaron a ninguno de los vecinos su nacimiento, ni la bautizaron.
Su madre se las apañó para darle su leche  ya que la niña podía arrancarle los pezones al mamar. 
Muy pronto comió de todo, su apetito y su olfato eran extraordinarios y en cuanto empezó a corretear por el campo, volvía con toda clase de tubérculos y frutos.
Nunca fue a la escuela, la madre le enseñó lo poco que ella sabía. Crecía en libertad mientras los padres envejecían.
Con el tiempo, ella se hizo cargo de los trabajos en el campo. De noche, cuando nadie la veía, hacía con su hocico los surcos para sembrar y más tarde, era capaz de recolectar todas las patatas mientras ellos dormían: se ponía a cuatro patas y era tan veloz recogiendo, como los verdaderos jabalís destruyendo las de otras tierras. La temían, y no se acercaban donde ella había dejado su olor.
Los únicos humanos que tuvo cerca fueron sus padres. Cuando ellos murieron no pudo reprimir durante más tiempo su deseo de reproducirse,  se cubrió la cabeza con un pañuelo, dejando sólo que se vieran sus ojos y partió en busca de un macho de su misma especie.

Ilustración: Acuarela de Paula Castrodeza Carretero


lunes, 20 de abril de 2015

LIBERTAD CONDICIONAL


Nací libre. Mestizo. Hijo de padre negro como un tizón y madre más blanca que la nieve.

Siendo aún un cachorro y sin que nadie me preguntara, cambiaron mi libertad por una cárcel dorada. En ella conseguía sin ningún esfuerzo todo lo que por mi nacimiento no hubiese podido ni siquiera soñar.

Comía opíparamente, hasta lujosos caprichos, con tan solo ponerle ojitos a ella. Ella, que fue la que más se opuso a mi entrada en la familia, acabó siendo mi madre.

Me daba toda clase de cuidados, yo era cariñoso, juguetón, y a veces un poco saltabardales. A veces ella se enfadaba, aunque nunca me faltaron sus mimos, sus caricias, que yo recibía como gato “panzarriba”, gruñendo de placer.

Me hice adulto y tras pasar por el quirófano mi carácter se serenó. Mi cuerpo cambió, se puso más atlético, con un porte principesco y un cierto aire de misterio. Poco a poco me convertí en el rey de la casa.

Siempre estoy a su lado, sobre todo si me necesita. Si está enferma no me aparto de su cama y algunas noches, cuando duerme, busco su calor acurrucándome junto a ella.

Sí, mi cárcel es de oro, estoy a gusto, puedo decir que soy feliz, pero a veces ansío mi libertad, esa que tenía antes de llegar a esta casa. Quiero explorar, saber que hay más allá, ver ese mundo que atisbo desde las ventanas.

Anoche, la puerta quedó abierta y venciendo con mi espíritu aventurero el temor que me invadía, salí al exterior.

Mis pupilas se ensancharon hasta hacerse redondas para adaptarse a la penumbra de la noche.

En poco tiempo recorrí lo que ella dice que es el barrio. De vez en cuando la oscuridad era interrumpida por unos animales muy grandes, con unos ojos enormes y brillantes, que corrían gruñendo a toda velocidad. Los pelos de mi lomo se erizaron como púas.

Cuando me cansé de dar vueltas regresé a casa, no contaba con que la puerta estuviese cerrada. Yo la llamaba angustiado y con voz lastimera decía: “Abre, soy Cisco, estoy aquí abajo”, pero nada, no me oía.

Unos perros callejeros me azuzaron con impaciencia. Asustado me subí al árbol que hay junto a su ventana. No había luna y la noche era tan negra como la boca de un lobo. Me acomodé entre dos ramas esperando que llegara la mañana y me viera.

Decidí no cambiar mi libertad por la calidez de su regazo, por el ronroneo que me producen sus caricias sobre mi suave pelo. No abandonaré nunca su casa.